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Crítica de cine: A.I. (Inteligencia artificial)

Por Javier Vigara

:: HispaVista : Cine ::





David, el niño robot.:
PINOCHO CIBERNÉTICO




Mucho se esperaba de la última película de Steven Spielberg en lo
que se presentía que sería su retorno por la puerta grande al género
que le lanzó a la fama: la ciencia-ficción. El hecho de que el director
de "Tiburón" retomará un proyecto que, en principio, empezó
a desarrollar Stanley Kubrick, confería además a éste una aureola
de "qualité" que, sin duda, ha hecho que sus fans se frotaran
las manos aguardando lo que prometía ser todo un hito del género.
¿El resultado?: ha estado lejos de lo esperado pero ni es la ñoñería
que muchos espectadores han afirmado ni la obra maestra que algunos (muy pocos)
han creido ver.



La cinta basada en la obra de Brian Aldiss peca de un exceso de ternurismo, ciertamente,
y quizás todos los flamantes efectos especiales de los que hace gala ya
no tienen la capacidad de fascinación que hubieran logrado hace unos cuantos
años (cada vez es más difícil sorprender). En cualquier caso
Spielberg consigue transmitir (no a todo el mundo, por lo que veo) la soledad
del niño robot, esclavo de unos sentimientos que le han sido implantados
("improntados" habría que decir, siguiendo la jerga usada en
el filme) y de los cuales no puede desprenderse (de hecho son el leit motiv de
su existencia).



¿Me quieres, mami?Esclavo
de sus sentimientos

Quizás no sea exactamente eso lo que el Rey Midas de Hollywood pretendía
reflejar pero, en cualquier caso, la cinta es, bajo su apariencia de cuento infantil
con estética de Sci-Fi de última generación, una auténtica
pesadilla sobre la imposibilidad de dejar de ser aquello para lo que hemos sido
educados y/o conformados desde pequeños. Más allá de la epopeya
personal del pequeño personaje interpretado por el siempre excelente Haley
Joel Osment queda esa impresión ominosa de que el niño-robot representa a
cada uno de nosotros, esclavizados por unos sentimientos que nos sobrepasan
y que "debemos" sentir, sin preguntarnos el porqué pues cuestionarlos
sería como cuestionar nuestra propia existencia.



Jude LawDavid,
el pequeño androide, es un alienado sin remedio, un ser sin más
expectativas que querer y ser querido por su madre "adoptiva", que
hará lo que sea para lograr dicho cariño, dicho instante eterno de consumación
de ese amor incondicional... A partir de esta premisa, el hecho de que el robot
"supere" su propia programación, buscando atajos para lograr aquello
a lo que su "impronta" le obliga, es argumentalmente eficaz pero no aporta
nada relevante al terrible trasfondo que la historia encierra y que acabo de exponer.
El robot aprende, descubre, reinterpreta la información que llega hasta
él y finalmente halla las respuestas (de una forma no prevista por su creador
que le observa desde las sombras).



En busca del Hada AzulEn
busca del Hada Azul

Pero esas respuestas, ese aprendizaje, si bien llegan tras un rodeo imprevisto
(y, por tanto, mucho más satisfactorio para el científico que diseñó
a David) no son sino el resultado de las motivaciones impuestas a la fuerza en
su cerebro cibernético. David no puede elegir. Su camino está marcado.
Da igual que zig-zaguée y se pierda de la mano de Gigolo Joe en busca del
Hada Azul para que le confiera la humanidad de la que carece. El fin último
de sus actos le trasciende, no ha sido elegido por él. No puede y, lo más
dramático, ni siquiera quiere resistirse a su destino impuesto. Más
bien, concentra todos sus esfuerzos en culminar aquello para lo que ha sido creado:
amar y ser amado. Que su mente cibernética consideré condición
indispensable para ello convertirse en humano no es más que una licencia
poética. David ya es humano pues su maldición es la misma que sufren
hombres y mujeres desde que nacen: ser víctimas de un destino que no comprenden.



Haley Joel Osment¿Happy
end?

Es verdad que Spielberg no profundiza tanto, peca de exceso de almíbar
en más de una ocasión y nos plantea, cómo no, un final semifeliz
que probablemente se le atragante a más de uno. La verdad es que los últimos
20 minutos de película podrían eliminarse y la cinta ganaría
muchísimo con ese conato de primer final tan desgarrador como pletórico
de fuerza expresiva: el niño y su oso de peluche, en su nave bajo el
agua, pidiendo una y otra vez a una estatua inerte que le regale el don de la humanidad.
Pero incluso aceptando esto, el final (pseudo) feliz incluido por Spielberg es
absolutamente demoledor. De acuerdo, está pensado de cara a la galería para
que los lagrimales de los espectadores se humedezcan en las salas y la gente salga
con una sonrisa beatífica de los cines... pero es que la moraleja final del
filme (que, probablemente, no sea la pretendida por el director) no es otra que ésta: la única
manera de ser feliz en esta vida es engañándose a uno mismo.

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