Jugando a tope
Por
Javier Vigara:: HispaVista : Cine ::
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UNA FICCION BOXISTICA CON POCO PUNCH... Que el género deportivo en
el cine (en el apartado del boxeo) ha dado lugar a grandes filmes ("Toro Salvaje",
"Más dura será la caída", etc...) es un hecho que nadie duda... La épica de la
lucha, la gloriosa exaltación del sacrificio, el dolor como vía de superación
personal y el trasfondo, casi siempre, hediondo del mundo del cuadrilátero con
sus managers corruptos y sus maquinaciones cuasidelictivas de fondo...
Ciertamente,
el material de partida es interesante y, si a eso añadimos el morbo de la violencia
reglada y "federada" que permite dentro del margen de la ley mandar al hospital
a un semejante y, que ningun medio como el cine ha sido capaz de captar, deformar
y amplificar (los combates reales suelen ser mucho menos atractivos y el fantasma
del tongo mucho más palpable) el espectáculo debería estar asegurado en un filme
sobre boxeo.
Tan cierta es esta máxima que, cuando al combate "de ficción"
de los protagonistas de este filme (largo, épico y hasta el último aliento...
) le sucede el "de verdad", con Mike Tyson de estrella (sabiamente omitido por
Shelton), lo único que sabemos es el resultado del mismo por una voz en off (un
nuevo fraude de Tyson que se ventila en escasos segundos a su rival para decepción
del público).
El boxeo como géneroEsta idea del boxeo
como ficción, como lucha bufa, como "wrestling" pugilístico en la grís realidad
que sólo alcanza su glorioso caracter épico en la ficción es la más interesante
sugerencia de "Jugando a tope" ("Play it to the bone", 1.999, Ron Shelton): El
espectáculo boxístico sólo abandona su carácter de esperpento, de engaño, de maquinaria
de producir dinero y mentiras, cuando dos actores representan el drama del enfrentamiento
en el ring delante de un acámara, con un público dispuesto a asumir las reglas
de la ficción que se le ofrece y creerse lo que está viendo... lo inquietante
y subversivo de la idea es que resulta mucho más facil de creer en forma de película
que en forma de esos cuasicirquenses (e incontables) campeonatos del mundo (en
versión de la federación, la asociación, el sindicato, el colegio de huérfanos,
etc, etc... ) con los que se amenizan las noches televisivas.
Colección
de tópicosPor lo demás, a nivel puramente cinematográfico el filme
es simplemente mediocre y contiene dos de los pecados capitales del cine moderno
(y no sólo americano): guión y ritmo... Es decir, olvido absoluto de la importancia
de ambos. En cuanto al guión, su colección de tópicos es, hasta cierto punto disculpable,
pues el deporte (El de verdad, el qe sal en los noticiarios...) no es sino eso,
una colección de lugares comunes que basa su discutible (aunque indudable) gancho
popular en la oferta repetida ad nauseam de lo mismo, una y otra vez.
Sin embargo, pese a que la historia de este trio de perdedores compuesto por Antonio
Banderas, Woody Harrelson y Lolita Davidovich no sea original ni se lo pidamos,
si que se echa en falta un poco de calado psicológico en la definición de sus
personalidades (algo que en teoría Shelton cuida mucho en us filmes). Por lo que
al espectador respecta, es como si sus personajes se hubieran caido de un avión
y aterrizado en la pantalla. Tienen un pasado (en común y por separado) pero no
se indaga en él y el director considerá que un par de flashback sobre peleas precedentes
es suficiente para que los conozcamos... bueno eso, y el interminable viaje en
coche hasta Las Vegas donde se celebra el ansiado combate.
Tortazos
y aburrimientoAquí es donde entra en juego el otro fallo garrafal de la
película, su nulo sentido del ritmo. La primera parte del filme que, en teoría,
debería servirnos para conocer y encariñarnos con los protagonistas se alarga
hasta lo indecible en un cumulo de conversaciones huecas (ah, esos diálogos...
¿qué ocurre últimamente con los dialoguistas en Hollywood y aquí mismo?) , bromas
viriles, paradas continuas y muchos planos aéreos del desierto que, con diferencia,
son lo más soportable. Con decir que lo más logrado de esta parte es una discusión
entre Harrelson y Banderas al descubrir este último su pasado homosexual, está
dicho todo.
Tras este preámbulo (necesario pero terriblemente mal resuelto)
el último tercio del filme se dedica al combate en sí que no es sino el típico
repertorio de golpes, fintas e impactos ralentizados al mentón (con profusión
de sangre y saliva saltando en el aire) con el resultado que todo el público anticipa
desde el principio. Ni siquiera los cameos de Kevin Costner, James Woods y Rod
Stewart (al cual el personaje encarnado por Lucy Liu le guinda la cartera) aportan
la más mínima chispa al filme ni es capaz de quitarle un tufillo a serie B inintencionada.
Y eso es lo peor del filme, que un buen artesano como Ron Shelton haya puesto
tan poco mimo en su trabajo, produciendo algo tan impersonal que cualquier director
de segunda unidad sería capaz de dotar de más enjundia.