Crítica de cine: Algo que contar
Por
Javier Vigara :: HispaVista : Cine ::
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¡QUÉ ABURRIDO ES EL AMOR!
Espero que ningún lector
me malinterprete. No es que servidor subscriba esta frase. Lo que ocurre es que
este es, precisamente, el sentimiento que provoca en el espectador la película
que nos ocupa. "Algo que contar" es una película plana, aburrida,
sensiblera y carente de la menor garra.
No ocurre nada que uno no espere
tras conocer la débil premisa argumental: un yuppie cede su billete de
avión a un hombre para que éste se reuna con su familia. El avión
choca y el hombre muere en lugar del yuppie. Este se siente culpable. Busca a
la mujer del difunto (por supuesto, angelicalmente bella) y hace todo lo posible
por ayudarla... y, claro está, se enamora de ella y ella de él.
El "intríngulis" del filme consiste en el hecho de saber si se atreverá, o no, a decirle a la chica que él es el responsanble involuntario de la muerte de su marido. Evidentemente, sabemos que al final
se atreverá, que habrá una crisis en su relación, un sacrificio
final y un reencuentro catártico y rezumante de almíbar.
Muy
poco que contar
Sabemos que todo esto va a pasar porque así funcionan
los resortes y convenciones del cine romántico. Así sabemos (esperamos)
que Richard Gere aparecerá ramo de flores en ristre bajo la ventana de
Julia Roberts con expresión de "qué-estupido-he-sido-besémonos-antes-de-que-empiecen-los-títulos-de-crédito-finales"
en el desenlace de "Pretty woman". Es lo que los aficionado/as al género
esperan, y consumen una y otra vez, siendo espectadores de un relato cuyo armazón
ya conocen sobradamente.
Cualquier desvío del esquema clásico
(chico y chica se conocen, se enamoran, un conflicto los separa -aparentemente
para siempre- , una suma de amor, renuncia, sacrificio del propio yo y buenas
intenciones al por mayor los vuelve a reunir. Fin.) no sólamente es innecesario
sino, sobre todo, indeseable. Al igual que al aficionado al porno las perífrasis
argumentales le traen al fresco, al aficionado/a al cine romántico, cosas
como la ironía, el análisis psicológico de los personajes
o los finales tristes o abiertos le provocan idéntica frustración.

En
el fondo son dos géneros bastante afines. En cada uno de ellos, el espectador
encuentra un tipo de compensación a una clase de carencias, ya sean afectivas
o sexuales (tampoco hay tanta diferencia entre ambas). Incluso finales aparentemente
tristes como los de "Love Story" u "Otoño en Nueva York",
películas en las cuales muere uno de los protagonistas, son en el fondo
"happy ends". Y es que no hay amor más eterno que aquel que interrumpe
la muerte en el cénit de su rosáceo esplendor (no olvidemos que
en ambos casos mueren amándose).
Además, como decía
Fromm el ser humano está tan incapacitado actualmente para expresar sus
sentimientos (en especial la pena) que necesita emociones sustitutivas o más
bien situaciones o historias que le den pie a dar rienda suelta al llanto, por
ejemplo. También al miedo, claro, pero sobre el mórbido placer de
pasar miedo en la sala de cine, aún poniendo en peligro la integridad de
nuestra ropa interior, ya hablaremos otro día. Hoy es el cine romántico
el que reclama nuestra atención y, antes de que me suba el azúcar,
volveré a "Algo que contar". Una película que demuestra
que no basta con repetir el archisabido esquema para realizar un buen filme de
romance. Hay que hacer latir los corazones. El de "Algo que contar"
necesitaba urgentemente un bypass.
El gancho (más que dudoso) de
la cinta se basa, por un lado, en el carisma de la pareja protagonista (una bella
aunque desaprovechada Gwyneth Paltrow y un Ben Affleck encantado de conocerse)
y, por otro, en el eterno recurso del equívoco (también muy aprovechado
en la comedia de enredo). Ya se sabe: una mentirijilla sin mala intención
que provoca una cadena de más mentiras (en esta cinta tampoco se alarga
mucho la cosa, lo que es de agradecer) que al final estallan en la cara de los
protagonistas... preparando la catarsis final, las cataratas de amor y la música
de violines.
Realización
plana
Sin embargo, nos encontramos ante una de las realizaciones más
planas y carentes de imaginación que el cine de Hollywood nos halla ofrecido
últimamente. Más cerca de la estética del telefilme que de
otra cosa, "Algo que contar" abusa de los primeros planos de Paltrow
y Affleck y repite escenarios y encuadre de una forma tan monocorde, impersonal
y cansina que la impresión que se lleva el espectador es que su director
(Don Roos) estaba deseando terminar el encargo cuanto antes y continuar dándole
vueltas a la manivela de los churros a partir del siguiente guión de saldo
que llegara a sus manos.
De cirujanos y directores
El único
"aliciente" que tiene la cinta es ver el aspecto actual de Jennifer
Grey (la protagonista de "Dirty dancing") tras la radical rinoplastia
a la que se sometió hace unos años. De no aparecer su nombre en
los créditos difícilmente la hubiera reconocido pues el cambio que
la modificación de su prominente (aunque no carente de atractivo) naso
ha operado en su rostro ha sido espeluznante, convirtiendo su vivaracha y simpática
cara en algo tan impersonal como la misma película.
Comentaba la actriz
que tras su operación empezaron a escasearle las ofertas porque su nombre
estaba asociado a su antiguo rostro y ahora, sencillamente, es irreconocible.
Así, que quizás "Algo que contar" sirva, al menos, para
desanimar a alguna que otra persona respecto a realizar sobre su anatomía
"mejoras" vía bisturí. La imperfección es sinónimo
de singularidad y tanto el cirujano de la pobre Jennifer como el director de esta
película parecen tener más interés en el campo de la manufactura.
Me pregunto: ¿serán ambos la misma persona?.
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