Crítica de cine: El mar
Por
Javier Vigara:: HispaVista : Cine ::
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DIVISION DE OPINIONES
Agustí Villaronga es un experto en dividir al
espectador: sus historias son extremas, crudas y dejan poco margen para lo previsible.
Ante su cine caben sólo dos opciones: o te quedas consternado ante su propuesta
y lo aborreces... o no puedes despegar los ojos de la pantalla. Si con "Tras el
cristal" sorprendió a muchos y revolvió más de un estomago (y de una conciencia
tal vez) con su historia del antiguo criminal nazi atado a su pulmón artificial
y asistido por una de sus victimas que acaba más fascinado por la posibilidad
de hacer el mal que por la de vengarse de aquel que se lo ha inflingido, con "El
mar" ha realizado lo que podríamos definir sin rubor ni falsas contemplaciones
como una obra mayor.
Lo inalcanzableEl mar al que se alude
en el título es lo inalcanzable (la paz, la felicidad, la infancia perdida, lo
que uds. quieran poner en ese continente metafórico...) y su ausencia constante
a lo largo del metraje (salvo en una proyección de un documental sobre el fondo
submarino -que acaba quemándose- y en esa pecera con un solo pez que el potentado
homosexual ofrenda a su desdeñoso amante como prueba de cariño), acaba tornándose
angustiosa presencia debido a la claustrofóbica atmósfera que se respira en cada
uno de los fotogramas del filme de Villaronga: definitivamente todos los personajes
de la historia, los habitantes forzosos de ese sanatorio para tuberculosos son
peces fuera del agua que se agitan en la orilla (o mejor aún dentro de la barca
de un indiferente pescador) agotando sus últimos instantes de vida o simulando
no estar muertos.
A este respecto, es curioso (aunque premeditado, por
supuesto) comprobar como es en los jóvenes enfermos (tengan una, dos o tres cruces,
simbología empleada para determinar su gravedad) dónde aún parece detectarse un
hálito de vida mientras que el personal del hospital parece parte del mobiliario,
un mobiliario, a veces a punto de romperse (fabulosa la composición de Angela
Molina, esta vez superando con creces sus habituales defectos de dicción con una
expresivividad desgarradora) pero abandonado a su suerte al fin.
Componente
religioso Respecto a la historia, hay que reseñar que tiene más que ver
con lo religioso que con ningún otro tema que aparentemente pudiera detectarse:
Los personajes son mártires. Unos viven su martirio con pía delectación para enmascarar
unos deseos que la moral de la época no acepta y otros se condenan a si mismos
en un esfuerzo por liberarse. La historia comienza con unos niños que presencian
una terrible escena de violencia que acaba con el suicidio de uno de ellos tirándose
a una sima. La escena de aquellos niños mirando por el agujero redondo el cadaver
de su compañero aplastado al fondo del precipicio es como una metáfora de la niñez
asomándose al abismo de la muerte, la infancia enfrentada con el fin de la inocencia,
con el mundo adulto en su más grave y grosera manifestación...
Años después
varios de esos niños desde dentro de la sima observan el agujero desde el que
otrora observarán: "Aquí dejamos de ser niños" dice el personaje interpretado
por Bruno Bergonzini, es decir, aquí comenzaron a morir. Eso se vislumbra con
claridad meridiana sólo dándose cuenta de que ahora están adoptando el punto de
vista de su amigo muerto, del suicida que tras cometer un crimen aberrante comprende
que ya no hay marcha atrás y que no conseguirá vivir con ello. Los supervivientes
al crecer no corren, sin embargo, mejor suerte.
Deseo reprimidoLa
historia de deseo homosexual reprimido en un sanatorio de enfermos de pulmón que
perecen de forma casi inevitable es morbosa, sin duda, pero su tratamiento es
modélico. No es eso lo que importa sino el subtexto. La constante exhibición de
cuerpos masculinos no puede sino sugerirnos por su gelidez formal, un auténtico
caracter no ya asexual de la historia sino netamente necrofílico. El sexo existe,
está latente, como la vida, pero su forma de mostrarse no es atractiva ni sugerente
sino fría e inexpresiva como los cuerpos muertos que descansan en las mesas del
tanatorio.
El cuerpo femenino se omite, a veces con vestiduras talares
como las de la amiga de la infancia convertida en monja, y otras para remarcar
lo patético de la existencia, del deseo entre seres condenados (la escena de seducción
de Angela Molina con el cual cuasi cadavérico Bergonzini) pero ese rezumar de
la vida, de lo no muerto todavía en mitad de la putrefacción supone (por paradójico
que suene) el más fresco soplo de aire puro que el cine español ha recibido en
los últimos años. Agustí Villaronga es ahora mismo, el director de cine más arriesgado
y personal de nuestra vieja piel de toro.
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